
La señorita llegó a su casa, tenía la bolsa llena, la fue desocupando sobre la mesa. Primero el libro con ilustraciones jamás creídas, luego el de Derecho Constitucional que le pidió su abuelo, también estaba el libro de jardinería para la tía Marta y finalmente la novela romántica de Jane Austen para el cumpleaños de su mamá. Pero algo no encajaba en su lista de compras, en el fondo de la bolsa había un pequeño libro de bolsillo que no esperaba encontrar allí, con la cara poco simétrica de Cortázar.
Lo sacó con cuidado, y le quitó el envoltorio de plástico. Cuándo lo abrió una pequeña hoja cayó al suelo, al desdoblarla decía lo siguiente: “Esas son las comunicaciones verdaderas, los avisos debajo de la piel. Y para eso no hay diccionario”*. Se quedó pensativa un rato, no entendía cómo había llegado el libro a su bolsa, ni cómo de un libro nuevo saldría una nota (escrita al parecer con prisa, además olía a té verde y al tacto se sentía como un París en día de lluvia). Entonces volvió al libro buscando una pista: Página 1 “A su manera este libro es muchos libros” leyó y cometió un gran error, Rayuela la atrapó, la jaló al interior de un mundo de sentimientos atrofiados, distantes, amables y divertidos, con cambios de ritmo en juegos malvados de tiempos verbales. Y allí (leyendo) reconoció al autor de la nota misteriosa, un hombre que vivía en las letras: era el protagonista, Oliveira. Un personaje en el que confluía todo el conocimiento cultural, musical e histórico del autor, que un día percibió la necesidad de hacerlo trascender y por tanto, se dedicó a buscar la forma de pasar el mensaje a otra dimensión, con la intensión de compartir aquellos “avisos debajo de la piel”.
La señorita decidió pasar página por página para esclarecer las razones de esta nota y en esa búsqueda se topó con el misterio de la Maga y con el jazz de media noche narrados en Rayuela. Cortázar la llevó a volar un rato entre las líneas de aquella historia contada con muchas comas y pocos puntos aparte. Así la señorita se sintió dentro del relato, se sintió con el poder suficiente para decidir cómo quería leerlo o entenderlo y después de terminar tomó nuevamente la nota que le dejó Oliveira y volvió a la Feria del Libro, casi corriendo, con ganas de terminar lo empezado.
Encontró Papeles inesperados, publicado 25 años después de la muerte del autor por Editorial Alfaguara, una recopilación de textos inéditos, géneros de todo tipo, principios de algunos cuentos, finales de otros, historias, cronopios, crónicas, notas, famas. Pensó en llevárselo a su casa, recordó que “para las comunicaciones verdaderas… no hay diccionario” y que podía darse al reencuentro con este autor, aun si acababa de conocerlo y quiso experimentar, buscó Obras completas y se quedó atascada en una autopista del sur mientras leía una carta a una señorita en París, aprendió cómo darle cuerda a un reloj, conoció a Un tal Lucas, pintó Graffitis que sólo ella entendía, y sin darse cuenta se fue mezclando con este autor que le enseñó a no aceptar las cosas tal como son dadas.
Primero pensó que el hecho de que libro estuviera de manera fortuita en su bolsa de compras había sido un regalo mágico de esos que a veces pasan, pero luego se dio cuenta que fue ella la que se regaló a la obra corteziana, que esa nota que apareció por ahí era un llamado a llenarse de relatos, de comunicaciones verdaderas, de avisos debajo de la piel. Y comprendió que para eso no hay diccionario.
*Cortázar, Julio. “Capítulo 28”. Rayuela. 1963