Es muy intrigante cómo la Industria Cultural funciona de maravilla, incluso da un poco de miedo. No fue hace poco que todo aquel que se ponía un gabán negro, llevaba unos ojos pintados acompañados de una actitud silenciosa y muy seguramente un libro de leyendas vampíricas era visto con la mirada inquisidora de una madre de familia temerosa y discriminatoria.
Tal vez, esa madre nunca se imaginó que sus hijos comprarían en masa las historias de los famosos bebedores de sangre (colmillos, sangre, “Ave María purísima”) además de que se harían a sí mismos copias graciosas y siniestras de esos seres de la noche, que reproducidos, plagiados, repetidos, reiterados, inundan no sólo las pantallas de los grandes cines sino también las páginas de los libros.
Distintos a los personajes de culto que en su tiempo fueron Drácula de Bram Stoker o Lestat de Anne Riece, estos nuevos vampiros -de mirada sexy, que van al colegio y muy seguramente tienen Facebook y chatean por medio de su Blackberry mientras el sol vuelve a ocultarse- con su sonrisa encantadora conquistaron el corazón de miles de niñas y de unos cuantos empresarios fabricantes de Best Sellers y de películas súper taquilleras. Sin embargo, estos son los vampiros hechos a imagen y semejanza de Gossip Girl y High School Musical, y por tanto se evaporarán tan pronto como aparezcan otros seres más cool.
Es por eso que ver The Midnight Guardian (La guardia de medianoche) en la Feria del Libro produce esa comezón extraña de ver la repetición en lo redundante y el cliché. En esta ocasión, dos grandes se enfrentan: los Nazis en busca de la purificación de la raza y los vampiros que lucharán para que la guerra se acabe y evitar que se agote su fuente de alimento: los humanos. Este es un relato en el que la autora, Sara J. Stratford, promete una historia oscura con ausencia de blancos, incluso de grises.
Stratford visitará el país y en medio del Encuentro Internacional de Escritores organizado en el marco de la Feria, contará porque la política, la guerra y la Europa de la época pueden hacer que estos personajes trasciendan de un simple mercado de hormonas juveniles, para ser los villanos con clase que muchos admiran, esperemos que así sea.
En este encuentro no sólo escucharemos el relato de esta escritora estadounidense, también podremos escuchar a la reconocida francesa Catherine Millet que revolcó la literatura erótica del Siglo XXI. Autoras que nos mostrarán la mezcla entre la fantasía de un cuerpo inmortal, de un alma eterna y las ganas de rechazar la insignificancia de la vida humana, pero con la picardía de los places de un cuerpo mundano y mortal.
La Industria Cultural tiene absolutamente claro qué es lo que vende, la doble moral de lo bueno y lo santo, las acciones despiadadas de los vampiros y el ego afrodisíaco de La vida sexual de Catherine Millet. Este año comprobaremos qué es lo que nos ponen y ponemos de moda en cada una de nuestras bibliotecas, pero la reflexión sigue ahí. Aquello que se admira mucho luego se vende.
Por ahora, que las letras nos permitan viajar a esos mundos sombríos de quienes se alimentan de sangre o de placer, ya decidiremos nosotros mismos después de ojearlos si vale la pena amarlos u odiarlos.
Después de todo, nuestra vida se encuentra inmersa en clichés codificados, copiados y universalizados que seguimos solicitando. Lo importante es seguir la invitación de Millet de ser sinceros con nosotros mismos y de reconocer que el placer es efímero y que el cuerpo es superior, no importa qué tan mortales seamos.
Espaverso, es un espacio sin tiempo...
Cuándo yo uso una
palabra..[Con un tono más bien
desdeñoso]..quiere decir lo que yo quiero
que
diga..., ni más ni menos.
Así todas son criaturas de formas
muy
curiosas.Espaverso es un regalo de alguien.
Es una palabra robada, una lágrima fingida, unas ganas de reír. Un eterno raro.