Espaverso, es un espacio sin tiempo...

Cuándo yo uso una
palabra..

[Con un tono más bien
desdeñoso]

..quiere decir lo que yo quiero
que
diga..., ni más ni menos.


Así todas son criaturas de formas
muy
curiosas.

Espaverso es un regalo de alguien.

Es una palabra robada, una lágrima fingida, unas ganas de reír. Un eterno raro.


jueves, 22 de abril de 2010

Recorrido


El frío me rompe los huesos, los árboles bailaban al ritmo de una canción triste. El día, tan oscuro, me daba ganas de cantar para que el cerebro no se me rompiera en dos, como todo el calcio que tenía dentro. Plaza Italia se mostraba oscura aunque el sol resplandecía bajo un cielo azul argentino.
La casa en que vendían las facturas de chocolate estaba cerrada. Caminé tres cuadras para nada pensé. Sola en medio de la calle, la que comunica siete con diagonal 74 una puerta estaba entre abierta bajo un letrero de caligrafía gastada por lo años. La estancia, tan oscura como el frío de un agosto invernal, estaba extrañamente iluminada por una gran lámpara de tela roñosa. Está calentito. Todos los estantes repletos de libros se aglomeraban en las paredes, el suelo, incluso el aire, se encontraban completamente cubiertos por lo que parecían los rastros de hojas viejas.
-¿Si, hola?-. Una voz ronca sonó de algún lugar de la librería. Respondí a su llamado, mientras me sacaba los guantes de las manos y tomaba el primer libro que tenía a la mano para aparentar comprar algo y no ser una más de esos clientes molestos (creo que a pesar de eso lo fui)
-¿Venís buscando algo?-.
-Rayuela- respondí, como quien no quiere la cosa, la típica respuesta de un adolescente que quiere pasar por intelectual cuándo no lo es, pero lamentablemente queda como un estúpido.
Otra más que quiere desahogarse en Cortazar. Un hombre de unos sesenta años irrumpió y llenó el espacio con una barba blanca, demasiado alto, llevaba un abrigo largo y una bufanda que lucía de modo elegante, tenía algunas cicatrices en la piel que se confundían entre las finas arrugas. Debió ser bastante guapo pensé y solté una risita por pensar en eso. -Sí, otra más- dije en voz alta.
Así fue que conocí a Facundo Ducrosi.

...

Salí de clase temprano, pensando en Apadurai o en Bauman, esos autores que se ponen de moda por épocas en las facultades, y que todos leemos por ir con la corriente. Mientras me llenaba la cabeza pensando en si la globalización me caía bien o no, o si el capitalismo apestaba tanto como para que yo dejara de ver películas baratas de Hollywood, me topé con Plaza Italia. Aquél lugar ya era algo común en mis viajes de la facultad a la casa, lo hacía por inercia puesto que no era una salida inteligente ya que me desviaba un poco del camino más cómodo.
Vi la librería a lo lejos, y como es habitual: entré arrastrando conmigo todo el frío de la calle aunque hoy estaba especialmente cálido, no obstante seguía estando prohibido sacarse los guantes de las manos.
-Veo que instalaron campanita-
-Así es, ya no escucho bien cuándo llega alguien-
Busqué sin saber qué entre los nuevos títulos, era algo que se estaba convirtiendo en mi rutina predilecta, me producía un extraño placer estar allí entre tantos mundos, aparentemente extraños a este.
-¿Cuándo regresás a Bogotá?-
-¿Disculpe? ¿Cómo sabe usted de dónde provengo?-
-Un día... conocí una colombiana- Se detuvo en seco y miró hacía otro lado - muy bella por cierto, vos sólo me recordás como hablaba... esa tonada difícil de olvidar-

...

Con el tiempo Ducrosi, ya sabía mi nombre pero aún yo no conocía nada sobre él... y empezó a conocer mi historia, al principio yo no lo expuse como la gran cosa, pero al ver que se interesaba tanto, proseguí con entusiasmo. A veces me interrumpía con preguntas para que yo no perdiera el hilo de la historia.
Hoy, llevada por la costumbre, visité el lugar.
-Supongo que seguramente hoy tampoco comprará nada- me sonreía tras el mostrador- Íbamos en lo que ibas a estudiar, supongo que por los libros que revisas estudias Derecho-
-Se equivoca por poco, se supone que estudio para "convertirme" en periodista-
Formó una sonrisa que le cerraba los ojos por completo - El periodismo... veamos, tu afirmación es inquietante ¿vas a convertirte en algo que no eres ahora? ¿Por qué, para ser, debes decir que no eres? Yo tengo una relación tormentosa con el periodismo. Más bien con aquellos nuevos periodistas, uno de ellos justo me llamó está mañana para hacerme una entrevista sobre la caída del muro debido al aniversario-
- ¿A usted?- me reí burlona.
- Y, sí, yo estuve allí.

...

Las calles de La Plata estaban cubiertas de una capa de hojas moradas, producto de una primavera púrpura. Últimamente siempre que visitaba la librería llevaba conmigo un paquete de galletas de manteca para que el señor Ducrosi me compartiera un poco de su mate. De entre todos los muebles que poblaban el local había una pequeña poltrona en la que disfrutaba pasar la tarde, leer un poco para la universidad y ver por la ventana como la gente dejaba sus abrigos en casa para sacar sus bicicletas. Allí en la poltrona escuché todo sobre como el propietario del lugar fue uno de los mejores periodistas que tuvo la Argentina, pero justo aquel día no estaba. Un hombre joven pero con la cabeza cubierta de canas intentaba instalar un computador en el lugar donde antes tenían los libros de cuentas y los catálogos, me pareció un poco extraño el contraste en medio de los libros, una contradicción que en nada se contradecía a sí misma. No me quiso decir dónde se encontraba su padre ni a qué horas llegaba, así que saqué algunas fotocopias del bolso y me senté a leer.
-Leyendo fotocopias en mi librería, creo que ya lo he visto todo- Un hombre viejo entraba con un aspecto bastante alicaído pero siempre con aquella actitud sonriente.- Tienes todos estos libros para leer, pero los profanas sacando tus copias repugnantes-
-Supongo que es porque puedo rayarlas, no me atrevería a rayar uno de sus libros, sobre todo este que es inapropiadamente costoso-
-Los libros deberían ser gratis, deberían, pero no, yo los vendo, es cierto. El conocimiento no es sino otro bien, el más valioso por su puesto-
En ese momento el hijo de señor Ducrosi salió sin despedirse, cosa que obviamente no pasó desapercibida.
-¿Trajiste galletitas?-

...

Cada tarde de librería era un despertar al mundo. Yo, fascinada con cada relato que Ducrosi tenía para contarme.
- El 24 de marzo de 1976 ocurrió lo que muchos esperaban: Isabel Perón fue detenida y trasladada a Neuquén, fue así que el régimen militar puso en marcha una represión implacable sobre todas las fuerzas democráticas: políticas, sociales y sindicales, con el objetivo de someter a la población mediante el "terror de Estado" y así imponer el "orden", sin ninguna voz disidente. Recuerdo que se inauguró el proceso autoritario más sangriento que registra la historia de nuestro país. Estudiantes, sindicalistas, intelectuales, profesionales y otros fueron secuestrados, asesinados y "desaparecieron". Mientras tanto, mucha gente se exilió. Yo fui uno de ellos. Tenía 26 años cuando nos fuimos con Guido, él sólo tenía cinco años, pero la dictadura era cruel, sobre todo con los periodistas y yo sabía mucho y Nuria también. Nos fuimos en barco a Europa y finalmente pudimos instalarnos con algunos porteños en una ciudad un tanto macabra de Alemania, vivimos con un miembro del Partido Obrero de Buenos Aires y su esposa Adriana, una hermosa colombiana- se detuvo un momento pensativo y taciturno, tomó un libro y leyó durante unos minutos, después me detuvo su mirada sobre mí, como con nostalgía, sonrió como si su plan más macabro y maqueivélicamente planeado le estuviera saliendo a la perfección, un brillo en sus ojos me mostró un lado tierno, luego continuó.
- Fue en esa época, en que ambos (Nuria y yo) trabajábamos para lo que ahora es la Agencia de Prensa del Mercosur. Yo soñaba con volver a Argentina, agarrar mi moto, poner a Guido en la parrilla y arrasar a toda velocidad una Av. 9 de Julio que me esperaba y comerme un choripan grasoso en la cancha de River. Pero Nuria no quería eso, ella tenía demasiadas ganas de volar y alas bastante grandes. Nuestro matrimonio no era más que un compendio de sonrisas hipócritas y miradas inmaduras, todo giraba en cuidar a Guido, que tuviera una buena educación que comiera bien.
Nuria se fue en tren por toda Europa, venía de vez en cuando y saludaba a Guido. Yo todavía era muy machista para tener que quedarme en la casa, pero nunca fui capaz de salir de ella porque no sabía hablar alemán a pesar de que viví casi quince años allí. Obviamente Guido lo hablaba, el pibito sabía mucho más de eso que cualquier otro en la casa. Un día me preguntó "¿papá yo si soy gaucho?" le respondí que sí cuando en el fondo sabía que no era cierto y se me revolvían las entrañas-

-Entonces, qué hizo en todo ese tiempo- pregunté sintiendo lo entrometida que sonaba mi pregunta, sin embargo, pareció que apreciaba que se la hiciera.
- Me dediqué a escribir y arreglar libros, siempre fui muy cobarde para enfrentarme a la Alemania que conocí, me quedé en casa armando esta librería. Con el tiempo, Nuria se ausentó mucho más de la casa, estuvo en Marruecos durante varios años y se involucró de lleno en Oriente Medio. Creo que en el fondo nuestro matrimonio no funcionó, no porque yo no la quisiera, sino porque me moría de la envidia. Así que impotente, cobarde y temeroso, dejé que Guido se criara solo, yo me quedé en la casa, pero a pesar de todo, fui feliz-.

...

-¿Sabes hace cuanto tiempo que no le hablaba a mi padre? Me arrepiento tanto, los veía en la librería hablando, él te contaba cosas que nunca fue capaz de contarme a mí. Creo que en el fondo siempre amó mucho a mi madre, pero yo estaba muy rencoroso para perdonarle lo que hizo-
- ¿Entonces todo tiene que ver con Adriana?- Pregunté, tratando de atar cabos, Guido cubierto aun más por las canas me miró con tristeza.
-Claro, todo tiene que ver con Adriana. Cuando cumplí los once años me enamoré de su hija, Laura... Ella tenía dieciséis y fue la primera que me dio un beso, lo que yo hacía era sacarle fotos, ella posaba para mí cubierta de ropa pero mi imaginación iba más allá yo me revolvía de ganas de verla desnuda. Su padre, que fue exiliado de Argentina junto con mis padres por dirigir el partido obrero en Buenos Aires, fue el que me enseñó a el arte de la fotografía, yo quería ser él, pero sólo porque amaba a Laura ya que estar con él significaba estar con ella. Pasó mucho tiempo hasta que por fin pude tomar las fotos que quise, ella nunca se dio cuenta. Como era obvio no podía revelarlo en el cuarto oscuro de Alberto, así que organicé uno de los armarios más grandes para poder meterme dentro y usarlo como mi bulín oscuro y apagado, donde pudiera revelar toda mi morbosidad. Nadie sabía que hacía yo allí, mi papá no hablaba conmigo y poco a poco olvidé el poco español que sabía. Extrañaba a mi mamá, pero la odiaba por abandonarme. Un día mientras estaba escondido en mi cuarto oscuro vi como...-.

Todo su cuerpo se estremeció y me miró profundamente, yo estaba atónita porque no entendía porque después de tanto tiempo de que jamás me dirigiera la palabra Guido me contara todo. Aún me dolía mucho la huida del Señor Ducrosi, cada vez que pensaba en eso sentía un malestar peor, pero creo que esa fue la única cosa capaz que hizo que Guido se reconciliara con él. Yo podía sentir el dejo de arrepentimiento en su voz cansada, era impotencia más que dolor. No hice ningún comentario incitándole a que me terminara de contar la historia, esperé temerosa de saber aquella verdad que mucho o nada debía importarme. Creí entender con la mirada llorosa que lo que sentía ese hombre era una incomprensión hacía sí. Me miró, y entendí. Todo se debía a Adriana.

Quise preguntar algo sólo para disminuir un poco el silencio incómodo que me afectaba los oídos. Guido entornó los ojos, como haciendo un esfuerzo por callar, no necesitab apreguntar nada, él simplemente presentía que yo sabía.
- Lo odié tanto, pero a la vez lo admiraba, lo odie por hacerle eso a Nuria, lo odié por hacerle eso a Alberto que era mí ídolo, lo odié por lograrlo con Adriana mientras yo no podía hacerle nada a Laura, lo odié por ocultármelo todo este tiempo. Pero lo entendí, mi madre nunca estaba en casa y él sólo tenía sus libros, ni siquiera me tenía a mí. Él era como un lobo estepario que vagaba solitario, huyendo de la manada buscando su libertad. Y con la única que podía hacer contacto, con la única con la podía dejar de ser hipócrita, era ella, Adriana.... Eso lo entendí muy tarde, lo entendí sólo hasta hace unos meses, cuando supe que partiría, por eso dejé de hablarle, porque no sabía que actitud tomar, sobre todo cuándo vi que ella tampoco lo olvidó jamás. Y verla caminar por La Plata, buscando excusas para verlo... lo que me duele es que se haya ido sin despedirse...
...

Caminé con el libro entre las manos, con la tristeza extraña de admiración compleja. Me despedí de todo lo que ese mundo significó mí, de los libros de Ducrosi, de su amor inentendido, de sentirme cómplice, de no ser jamás parte. Sentí que las estaciones estaban cambiando de lugar, que ahora un sol naranja me quemaba los hombros, que no se podía respirar. Sentí que aprendí, de mí, de los otros. De todos aquellos, que como yo, hacemos parte y la vez estamos lejos de estarlo. Este fue y será mi viaje... hacía algún lugar.. así.. inentendido...

Buenos Aires, 2009