Espaverso, es un espacio sin tiempo...

Cuándo yo uso una
palabra..

[Con un tono más bien
desdeñoso]

..quiere decir lo que yo quiero
que
diga..., ni más ni menos.


Así todas son criaturas de formas
muy
curiosas.

Espaverso es un regalo de alguien.

Es una palabra robada, una lágrima fingida, unas ganas de reír. Un eterno raro.


martes, 23 de marzo de 2010

Crónicas de los cerros



Es otro domingo y la luz se mete por entre los agujeros de las paredes. El estómago se le retuerce en pequeños lapsus de tiempo, pero la sensación de hambre la ha sabido controlar con la mente, por ahora sólo quiere jugar con las figuras que se arremolinan en la sábana. En la parte de atrás del cambuche, Angie ha logrado organizar una pequeña cocineta que se confunde con el taller de chatarra que tiene en la otra esquina. Decide calentar un poco de agua de panela y partir un trozo grande de pan para compartirlo con Felipe y Valery. Es temprano y está contenta porque la noche anterior no llovió.

Con sólo 20 años vive en un pequeño rancho construido con pedazos de lata y madera sucia, algunas bolsas de plástico de color negro sirven de protección contra el viento y las tejas se agarran de las paredes gracias a una precaria cabuya que las ata a unas columnas que realmente son sólo un pedazo de madera raída por el moho y el viento de una Bogotá sureña y olvidada.

Dentro de casa duermen Felipe y Valery, dos niños de apariencia sana, una sonrisa que dormita y que combina con sus pijamas de ositos. Felipe de 7 años es quien cuida a su hermana Valery de tres. Cuándo nació, Felipe ya estaba lo suficientemente grande como para entender que tendría que compartir sus cosas con la nueva niña, también entendió que era su hermana y que eso la hacía lo suficientemente importante como para prestarle su balón de fútbol. Mientras tanto Valery con el cabello rubio y ondulado, totalmente diferente al de su mamá, negro y liso, se enreda en una vieja cobija sobre la única cama que hay en la estancia.

Allí cada cosa parece estar en el lugar incorrecto, una vieja nevera que no está conectada y que en su interior guarda algunas prendas de vestir, un armario roto de mimbre, las fotografías que se reparten por todas las paredes y que ya han perdido su color, o los tapetes que tratan de alejar el frío y la suciedad de la tierra sin éxito. No parecía que hubieran ganas de seguir con ese lugar, siquiera de ordenarlo.

Jairo y Angie se conocieron en Soacha hace algunos años, el embarazo de Felipe fue la causa de un matrimonio apresurado, decidieron alejarse de la familia y conseguir un lote donde pudieran armar una casa, lo consiguieron en Altos de Cazucá, cuándo todavía no estaba tan lleno el barrio. Desde allí podían ver todo el pueblo de Soacha pero talvez eso era lo único que rescataba Angie del lugar; al estar cerca de una escabadora de piedras, el ambiente olía a polvo y sabía a tierra, no habían calles ni acueducto, mucho menos energía eléctrica. El panorama inicialmente era un potrero inclinado con casuchas escuálidas, luego se fue tornando un paisaje de ladrillos y gente, que ocultaba cada vez más la vista, hasta el punto de borrarla totalmente y Angie ya no tuvo a que más aferrarse.

Ahora el barrio se transforma en un lugar peligroso, lleno de miedos y destierros, desplazados, drogas, limpieza social, pandillas. Casi una pesadilla, cómo mujer tiene recelo de los hombres que caminan borrachos en ocasiones por las calles del barrio, como madre sufre de pensar que Valery crezca y que Felipe se aleje de su lado.

Aquella mañana Jairo no estaba en casa, no había vuelto en los últimos 3 meses dejando a Angie con la compañía de ese gran temor que se vuelve corpóreo entre la tierra y los caños de hediondo olor. La había golpeado y ella le pidió que se largara. Cada uno de los golpes le había reducido un poquito de alma a Angie, se le había encogido, era difícil encontrarla aunque se apretara duro el pecho

“Ya no es lo mismo, una nunca sabe que va a pasar” dice Angie mientras termina de peinar los rizos de su pequeña hija, “lo único que sé es que no se puede confiar en nadie”. La confusión le ronda la cabeza como si fuera el repique de una campana, aún no comprende lo que pasó esa mañana. Tres jóvenes de su edad tocaron a su puerta, usaban camisetas iguales de color azul y le sonreían, situación que le extrañó mucho porque por esos días nadie sonreía. Se acreditaron como miembros de una ONG, ella casi no entendía el significado de eso pero no quería parecer ridícula al preguntar, así que se quedó callada intentando escuchar.

“¿Una casa?” repitió con los ojos más abiertos que de costumbre, no entendía cómo alguien que no la conocía llegaba hasta su puerta y le ofrecía construirle una casa, no sabía si le estaban repitiendo cada frase una y otra vez o era que retumbaba en su cabeza… una casa…una casa.

Los voluntarios de Un Techo Para Mí País le explicaban el procedimiento, pero ella no escuchaba nada, llevaba más de 6 años viviendo en ese lote, abandonada a su suerte, maltratada por la sociedad, siendo invisible. No podría soportar una humillación más, así que esperó y asintió a cada frase que le decían: tardaremos sólo un par de días… felicitaciones éste es un día grandioso…tumbar el rancho, pero no escuchaba nada más, simplemente no quería ser descortés. Estaba segura, sabía que era como en otras ocasiones, le prometían el cielo y ella accedía, le prometían ser feliz y ella accedía. Ahora sólo tenía ganas de que los extraños visitantes se fueran y analizar la situación tranquila.

Durante esa semana no le comentó a nadie sobre esa extraña visita que había recibido, por un lado no tenía a quién contarle, segundo, tenía la certeza de que la situación era totalmente loca y descabellada y además, en caso de ser cierto no quería problemas con los vecinos que mormuraban a sus espaldas, le echaban la culpa de la partida de Jairo, la tildaban de loca e incluso de ebria.

Finalmente, después de algunos días llamaron a la puerta, y se sobresaltó tanto que no podía creer lo mucho que había deseado esa visita a pesar de haberlo negado durante toda la semana. Le pidieron pagar un anticipo, entendió que la casa no era un regalo, pero era algo que podía pagar. Agradeció en el alma que Jairo no se hubiera llevado la plata.

Después de firmar el pacto de compromiso, Angie finalmente sintió que era cierto lo que le estaban proponiendo, le prometieron volver a la siguiente semana para darle más instrucciones. Se le empezó a revolver la cabeza, ya no hacía las cosas bien, no había podido vender las bolsas de basura que repartía en los almacenes del centro de Soacha, tampoco había venido nadie a comprar a la chatarrería. Estaba indefensa, y tenía vértigo de pensar siquiera que era otra de esas promesas que le hacían los políticos una vez cada tantos años. Se sentía estúpida.

Por fin llegó el día que le prometieron volver, ese día no tendría desayuno para los niños, pero ellos entenderían, el más emocionado en la casa era Felipe, se la pasaba diseñando su nueva habitación, se inventaba historias fantásticas sobre apartamentos modelo, fantasías, un sueño tener una piscina en casa, un sueño subir a un ascensor… un sueño tener una cama sólo para él.

Le habían pedido que limpiara el terreno, su terreno, el de siempre, eso significaba quedarse allí en Altos de Cazuca, plantarse aún más, pero desde otra perspectiva. No le pidió ayuda a nadie, realizó todo el trabajo con la poca fuerza que le quedaba después de no haber comido, orgullosa y agotada levanta cada uno de escombros de lo que antes fue su casa, los retira a un lado con odio y sonríe satisfecha, el sudor baja por su nuca y los ojos se le cierran cada tanto, pero allí está Angie quitando hasta la última piedra de su decepcionarte y cercano nuevo pasado.

Siete de la mañana del sábado, nueve voluntarios llegaron a su lote, la mayoría la abrazaron, los demás le dieron la mano, ella quiso mirarlos a los ojos buscando así fuera un poco lástima o hipocresía. Al parecer no encontró nada en aquellos ojos iguales a los suyos. Después de organizar las herramientas, los voluntarios empezaron a cavar el suelo.

Los veía trabajar, no dejaba de parecerle extraño, era como si todos quisieran ser sus amigos ¿pero y si no era así? verlos la deprimía aún más, sabía que tendría casa nueva en pocas horas, que Valery iba a poder caminar tranquila sobre un piso de madera, que Felipe estaría feliz de llegar todos los días después del colegio, pero también se sentía derrotada, ella debía ser una de esos que estaban allí ayudado. ¿Por qué Dios no le había dado las mismas oportunidades que a ellos? ¿Por qué la había embarazado tan joven? ¿Por qué le había quitado a su esposo y al resto de su familia? A cada pregunta sólo se le venía la idea de una sonrisa hipócrita, era una tristeza palpable en el aire. Pero se le revolvía el estómago porque como le dijo a uno de los voluntarios “nadie había hecho nada así por mí, nunca”.

Esa noche la casa aún no estaba terminada, pero ya tenía un suelo y algunas paredes formando la figura de lo que parecía era una casa del árbol o de muñecas. Llevó los niños donde su vecina y volvió al lote, allí en medio de la oscuridad miró las estrellas y lloró. Cada lágrima representaba un grito, un gracias, un hasta pronto, un disgusto, una alegría.

Tendría una casa, y las palabras le bailaban de un ojo a otro, una casa, tuya, de tus hijos, sentía como si el ruido fuera polvo, como si esa danza fuera el sabor amargo de la noche. Ya no sería tan pobre, pobre por odiar a los demás, no sería tan pobre, pobre de criar mal a sus hijos, pobre por esperar que Jairo volviera. Una pobreza de corazón tres cuartos que llevaba encima consumiéndola por dentro, justo esa mañana había descubierto que no era un fantasma y que debía volver a empezar.

Soñaba con un milagro, salir victoriosa de esta batalla, que su milagro sea que la vida, su vida, y de quienes estén allí para verla, se llene de sentido.